Se puede disfrutar la nieve más allá del esquí. En Primeros Pinos, luego de nuestro letargo a la hora de la siesta, despertamos con unas ganas increíbles de recorrer.
En la hostería donde estábamos alojados nos indicaron que a escasos kilómetros del lugar podríamos encontrar una cascada escondida alucinante, inmersa entre la nieve honda y un bosque de tupidas araucarias.
Mas allá de que no contábamos con raquetas para nieve, nos animamos al desafío.
De la hostería Primeros Pinos, transitamos unos dos kilómetros por la ruta provincial 13 -este tramo de ripio- con dirección a Villa Pehuenia.
Una vez en el sector, nos adentramos por la banquina izquierda. Nuestro único referente era un cartel doblado que indicaba una marcada curva y el intenso rugido de la cascada que se percibía a la lejanía.
Lentamente, pero con paso firme, fuimos penetrando en el bosque de araucarias colmadas de nieve. Un espectáculo único e inolvidable.
A medida que nos alejábamos de la ruta, el sonido del agua que caía se hacía más intenso. La nieve cada vez más honda ya nos llegaba por las rodillas, cosa que dificultaba mucho nuestro tránsito por el lugar.
Guiados por nuestros sentidos y el espíritu de aventura comenzamos a descender un abrupto cañadón, en el que se deslizaba el agua de la cascada.
A lo lejos divisamos el salto de agua casi congelado. Zigzagueamos unas cuantas araucarias y continuamos con nuestro paso cansino hasta el lugar. Queríamos apreciar de cerca aquel fenómeno natural.
La nieve se presentaba cada vez más espesa y por ende más pesada. Para ese entonces el trekking estaba culminando, sólo unos escasos metros nos separaban del destino.
De pronto comenzó a nevar intensamente. Unos gigantescos copos de nieve se precipitaban en todo el ambiente, tornándolo más albo de lo que se presentaba. La humedad, que penetraba hasta nuestros huesos, amenazaba con no dejarnos disfrutar el final del paseo.
Nada más alejado de la realidad. Una vez allí, solitarios, conectados solamente con lo que la naturaleza nos regalaba, nos sentamos en el borde de la hoya de agua, a disfrutar de la estrepitosa cascada que, vertiginosamente, se suicidaba delante de nuestros ojos.
Observamos estalactitas de agua congelada, caminamos sobre araucarias caídas que hacían la suerte de puente entre un borde y otro del arroyo.
Contentos por habernos animado a realizar esta actividad, a pesar de que nos faltaba equipamiento, emprendimos el regreso, no sin antes fotografiar en nuestra mente lo particular de ese momento. |