Al llegar a Santa Vera Cruz lo primero que se percibe es un ambiente silencioso con aroma a verde. El pueblo está rodeado de nogales, álamos, pequeños arroyos, y por sobre todas las cosas, un profundo verdor que avanza por todos los recovecos. Las casas están muy espaciadas unas de otras, con extensos jardines adelante y a los costados. La exuberancia de las flores parece ser el elemento común de la decoración en este pueblo: campanitas blancas, lilas y violetas; crisantemos rosados y fucsias, y cantidades de hortensias y dalias.
En medio de un gran valle, el pueblo se despliega sin mayores simetrías a través de callecitas de tierra que suben y bajan al antojo de las ondulaciones del terreno.
La columna vertebral de Santa Vera Cruz es el camino principal -y el único pavimentado- que traviesa el pueblo de punta a punta. Todos los demás son senderos de tierra con túneles de árboles que terminan al pie de la montaña.
Subiendo por la calle principal llegamos a la plaza del pueblo cubierta por un colorido jardín de flores y árboles. Al frente se levanta la Iglesia , construida íntegramente de piedra por los propios habitantes del pueblo.
El pueblo tiene un poco más de ciento veinte habitantes que poseen la amabilidad característica de la gente que vive separada de los centros urbanos. Aquí se puede realizar caminatas al costado del canal que baja de la quebrada como un tobogán de agua torrentosa. En el trayecto, nogales y cardones en flor, con el cerro del Velasco de fondo, componen una postal perfecta de La Rioja.
La mejor opción es recorrer primero el pueblo y terminar la visita con la compra de nueces y vino cocido, una variedad de vino artesanal que se realiza con el jugo de la uva hervida y concentrada.
Un viaje a Santa Cruz se completa con la visita al castillo de Dionisio Aizcorbe, un ermitaño octogenario oriundo de la provincia de Santa Fe. Llegó a este paraíso riojano hace más de dieciocho años en busca de paz y silencio. Su cabellera blanca sobrepasa los hombros, y una frondosa barba desteñida por el paso de los años se extiende hasta el pecho. El ceño fruncido, la mirada aguda, su voz clara y pausada, revelan el perfil de un hombre que asumió un proyecto de vida diferente. Dionisio habita en un castillo construido por él mismo, que se ha convertido en uno de los principales atractivos del lugar.
Esta particular morada se levanta al pie de los cerros, en las afueras de Santa Cruz, rodeado de álamos, sauces, nogales y cardones que en los días de lluvia se cubren de flores blancas, amarillas y rojas. A la orilla del castillo corren los canales de riego que bajan de las sierras del Velasco.
La construcción de la extraña fortaleza es de forma rectangular, hecha de cemento y piedra de siete metros de ancho y cinco de alto. Al llegar al lugar, lo primero que llama la atención es la puerta de acceso. Se trata de un portón de hierro revestido con cemento y en el arco superior hay una leyenda que reza: "Homenaje a Vincent Van Gogh". Encima de ella hay unas aspas de molino pintadas de color amarillo, naranja y ocre, similar a los molinos que inspiraron a Van Gogh.
Luego de atravesar el portón principal desembocamos en un pequeño jardín con diferentes esculturas. Del lado derecho está la figura de buda junto a otras esculturas orientales.
Al frente, la representación del vía crucis. Este acceso continúa por un pasadizo de columnas, rematado en el techo por una escultura de un barco vikingo que nos conduce hasta la puerta de entrada al castillo.
Todas las paredes externas de la casa de Dionisio están cubiertas por diferentes esculturas, y una de las fachadas tiene tallada una serie de dibujos con forma de máscaras de color rojo, negro y blanco con reminiscencias africanas.
Las salas interiores son espacios reducidos cuyas puertas y ventanas tienen una forma asimétrica, y algunas de ellas poseen armoniosos vitraux.
Dionisio vive totalmente solo en los laberintos de su castillo, donde habita como si fuese un duende que se escapó de un cuento de hadas. Pero en definitiva sólo se trata de un hombre que aspira a un mundo distinto y libre, que se anima a construir su castillo -extraño pero no de arena- y a conquistar la realidad de un sueño.
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